En el ensayo leído en la conferencia misionera de Brandeburgo en 1932, Karl Barth se convirtió en uno de los primeros teólogos en articular la misión en términos de una actividad de Dios mismo. Su pensamiento e influencia llego a su máximo alcance en la conferencia de Willingen del IMC (Consejo Misionero Internacional, 1952), donde la idea de la Missio Dei (Misión de Dios) salió a relucir con claridad por primera vez. Entendió la misión como algo derivado de la misma naturaleza de Dios.

La iglesia no es el punto de partida en la Misión. Nuestra misión carece de vida propia porque la misión no es primordialmente una actividad de la iglesia sino un atributo de Dios. La Iglesia en Misión o la Misión de la Iglesia debe estar comprendida y subordinada a la Misión de Dios. Cuando hablamos acerca de Dios y su Misión, es indispensable entender que la Misión no es nuestra y no le pertenece a ningún proyecto privado. La misión cristiana mundial es de Cristo, no de nosotros[1].

La misión fue colocada en el contexto de la trinidad. Esta, se amplia para incluir un movimiento más: El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo enviando la Iglesia al mundo. Solo en manos del Dios que envía se puede denominar verdaderamente misión.

Después de la conferencia de Willingen se pasó a un concepto más amplio de la Missio Dei. La misión es el movimiento de Dios hacia el mundo, respecto a la creación, el cuidado, la redención y consumación. El Reino de Dios está avanzando por medio de la obra del Espíritu donde la iglesia en su actividad misionera encuentra una humanidad y un mundo en los cuales la salvación de Dios ya ha estado operando a través del Espíritu.

Sobre lo expuesto podemos decir los siguiente:

La iglesia es misión. La misión le da sentido a la iglesia. Cada comunidad cristiana se encuentra en una situación misionera y su tarea misionera es el corazón mismo de su vida. Cada iglesia local se debe reconocer como colaboradora en la misión de Dios.

En la misión de Dios no hay lugar para la pasividad. La iglesia como agente e instrumento ha sido enviada al mundo para servir, amar y compartir el mensaje del evangelio que transforma toda la existencia humana. La misión de Dios incluye las misiones de la Iglesia porque Dios es fuente de un amor que envía. Participar en la misión es participar en el movimiento del amor de Dios hacia las personas.

La iglesia participa en la Misión de Dios como enviada al mundo. El énfasis en la cruz, encarnación, crucifixión y resurrección, debe impedir cualquier posibilidad de comodidad misionera.

[1]Bosch, David Jacobus: Misión En Transformación: Cambios De Paradigma En La Teología De La Misión. Grand Rapids, Mich.: Libros Desafío, 2000, p. 454