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Misioneros y la familia visitada frente a su casa en Huasipamba
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Testimonio de voluntario 8 de septiembre de 2026 Huasipamba, Azuay

Un corazón nuevo

Llegamos a Huasipamba el fin de semana previo a la Navidad de 2022. Un pueblo remoto en las montañas de Ecuador, a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar.

“Les daré un corazón nuevo y pondré dentro de ustedes un espíritu nuevo. Quitaré de su carne ese corazón de piedra y les daré un corazón de carne.”

— Ezequiel 36, 26

Se trataba de mi primera vez en esta pequeña comunidad y, aunque el paisaje era maravilloso, la belleza del lugar rápidamente quedó opacada por la neblina y el frío insoportable para mí. El propósito de nuestra visita no era solo entregar canastas de víveres, sino entrar en las casas, acompañar y compartir con las personas de esta comunidad que tanto lo necesita.

Solo alcancé a visitar una casa. Allí estaban una abuela y sus cuatro nietos: dos niñas de entre 8 y 10 años, y dos pequeños de 3 y 6. Fue una visita simple y bonita, marcada por la novedad de la experiencia de compañía y familiaridad. Pero poco después me descompuse rápidamente hasta tener que acostarme, con escalofríos, dolor de cabeza y mucho malestar.

Kelly con los niños de la familia que visitó en Huasipamba
Los cerros de Huasipamba cubiertos de neblina

Sabía que esa tarde y noche tendríamos el compartir navideño y la entrega de canastas, un momento que me ilusionaba mucho, especialmente por volver a ver a los niños que acababa de conocer. Sin embargo, Dios tenía otros planes. No pude participar. Me quedé en la habitación cubierta con cuatro cobijas gruesas, escuchando desde lejos el bullicio de la actividad.

Las horas pasaban y el malestar empeoraba. Aunque los demás misioneros entraban a revisarme de vez en cuando, pasé la mayor parte del tiempo sola, anhelando poder vivir lo que en mi mente era el propósito de mi visita.

En medio del evento afuera, alcancé a escuchar a los niños de la casa que visité preguntando por mí. Les respondieron que estaba enferma. Una hora más tarde, en medio del dolor y sintiéndome derrotada tanto física como emocionalmente por no poder estar con la gente, escuché que tocaron la puerta. Era uno de los niños. Su mamá, al enterarse de que la “misionera Kelly” estaba enferma, le había enviado un té caliente con él.

Al día siguiente, gracias a Dios, me sentí mejor como para unirme a las últimas actividades, volver a ver a mis amiguitos, agradecerles por el gesto y despedirme antes de partir.

Aquel detalle tan sencillo de recordar mi nombre, sensibilizarse frente a mi dolor y salir a mi encuentro con lo poco que tenían, acompañado de esas palabras que me dieron la identidad de “misionera”, transformaron mi corazón. En ese gesto, el Señor hizo visible la promesa que proclamó a través del profeta Ezequiel. Realmente me mostró cuál era el propósito por el cual yo estaba en ese lugar.

Gracias a este proyecto inspirado por el Espíritu Santo, tuve la oportunidad de conocer y amar a un Dios vivo y real, que me demuestra que sigue obrando en mi corazón a través de cada rostro que tengo la gracia de encontrar. Un pequeño e inocente “sí” fue lo que le bastó al Señor para, con su infinita misericordia y generosidad, darme un corazón nuevo.

Rezo por encontrarme nuevamente con todos mis amigos en el Cielo.

Kelly M.
Testimonio desde Huasipamba, Azuay

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